Si me preguntan a mí, yo no podría levantarme de esa poltrona ni a tiros, ni aunque me pusieran a los Wachiturros al taco desde el altavoz de un celular, ni aunque King Kong atravesara en ese mismo instante el ventanal, ni aunque un avión seguido de otro se estrellase en el edificio de enfrente.
Pero hay un tipo que, así como lo ves, hundido en la poltrona, se levanta y apaga el tocadiscos. En el tocadiscos suena Tomorrow never knows, la canción más psicodélica de Revolver, pero el tipo no puede soportarlo, su ceño está más fruncido que nunca. Y eso, aunque resulte una afrenta para toda la audiencia, tiene todo el sentido del mundo. Porque solo en Don Draper cobra todo el sentido del mundo.
Según cuentan, la licencia de Tomorrow never knows le costó a la productora unos 250.000 dólares. Ahora que lo sé, hasta me da un poco de culpa descargarme la serie. La productora dice que es la primera vez que se usa música original de los Beatles en un show de TV. El uso que le dan a la canción es, para mí, parte de la recompensa al espectador, porque es tratarlo con respeto. Desde aquí mi más sincero agradecimiento.
Con mi amigo el escritor talentoso decimos que si algún día hacemos la serie que queremos, vamos a musicalizar nosotros. Todo esto me hace pensar que deberíamos decir “nosotros mismos”, porque nuestro presupuesto apenas va a dar para comprar un toc-toc, un triángulo y una flauta dulce.
Revolver es mi disco favorito de los Beatles. Verlo y escucharlo en Mad men, ver a Don sacándolo de la tapa blanquísima aun con celofán, me emociona grosso. Yo ya no quiero ser la chiquita que le prepara los huevos matinales a Don. Al ver esa escena quiero ser el mismísimo Don poniendo Revolver y sentándome en la poltrona a tomar whisky, en esa poltrona y no otra. Es, tal vez, la escena más emblemática de toda la serie hasta ahora, por cómo lo representa.
Me gustó un hashtag que encontré en Twitter: #sidonfueseargentinomirariagrandesvaloresdeltango. Aplausos.
Mad Men es la perfección, y me alegra que termine pronto. Solo espero un final épico, como los que me gustan a mí. Todos insalvables, todos a la basura.
Siento una profunda admiración por mis amigos los migrantes, también conocidos como los migrantes del amor.
El migrante del amor no es aquel que migra de un amor a otro, sino aquel que deja su lugar de origen para instalarse en la tierra del ser amado. El migrante del amor nace con un GPS incorporado, porque ante todo es un aventurero.
Todo migrante del amor debería tener una recepción semejante
Conozco al menos una docena de historias de migración por amor, todas heroicas. Cada vez que las evoco, en mi mente comienza a sonar música de John Williams. Porque fundamentalmente esas historias encierran batallas épicas. La historia de amor del migrante es un camino del héroe en sí mismo. Tal vez por culpa del cine, siempre al final imagino a alguno de los protagonistas corriendo en un aeropuerto a punto de perder un avión.
Pero alto ahí. A los fines de una cierta organización planetaria hay que decir que la migración por amor no es para todos. Pensemos cuán caótico sería el mundo si todos anduviéramos por ahí migrando por amor. En principio sería un mundo sin las crisis globales que ya conocemos, sin problemas de visas. Sería el post-post-capitalismo, una especie de socialismo sentimental mundial donde existieran buenas tarifas de avión, tantas como planes de celulares posibles. Un mercado apuntado a la migración por amor, donde existan promos de primavera (temporada alta del amor) y luego promos de rescate, una suerte de banda negativa para los migrantes del amor frustrados, los cornudos, aquellos que no se hayan podido adaptar a las inclemencias climáticas o culturales, los que nunca aprendieron el idioma, los que descubren nazis en la rama familiar del ser amado, los deprimidos. Porque héroe es también el que probó y no le gustó.
En ese mundo de ficción tampoco sería una locura encontrarse continuamente con nuestros ex migrando a su vez por amor:
Y esto ya es vicio, pero permítanme volver una vez más sobre una de las películas que más me gustan, dada la incertidumbre que plantea hacia el final. Me inquieta pensar qué pasaría si nuestros ídolos Celine y Jesse se dejaran de joder (en fin, de filosofar) y decidieran en algún momento mudarse juntos. En ese caso, ¿dónde vivirían?, ¿quién de los dos dejaría su lugar de origen?, ¿se adaptarían?, y lo que más miedo da: una vez juntos, ¿seguirían enamorados? No sé por qué, pero siento que si se completara la trilogía, la tercera parte debería ser un thriller psicológico en el que Celine se toma un avión, mata a la mujer y al hijo de Jesse y luego se casa con él, todo en tiempo real también.
“Richard, tengo algunas modificaciones para mi personaje”
El otro gran tema es por supuesto la barrera idiomática, cuando no los localismos. (Todavía hay que ver qué se hace con los colombianos y toda su parafernalia lingüística.) Por experiencia sabemos que comunicarse con un extranjero en clave de amor es algo sumamente extenuante (por empezar recordemos el caso del chino). Es mentira eso de que el lenguaje del amor es universal (como si alguien hubiera curtido con un alienígena). Si entre pares locales la comunicación es deficitaria, entre extranjeros lo es a niveles exponenciales. Estoy segura de que incluso los bilingües la tienen bien difícil, porque hay algo del código cotidiano, coloquial que es intransferible. Sobre todo al inicio de la relación, el humor es acotado. Muchas veces hay que sobre-explicarlo todo, lo cual convierte una anécdota simpática, simple, en una narración muy tediosa. La ironía y el cinismo son terrenos directamente vedados. Ante una humorada se abre un abismo insalvable, y frente a un remate una queda garpando, con cara de idiota, y el silencio incómodo se extiende miles de microsegundos más. Basta con sentarse en el living de un hostel para adentrarse en el absurdo de la situación amorosa-multicultural (“¿En Rusia hay buenos pueblos?” le preguntó un argento a una rusa en un hostel, y por supuesto que terminaron chapando). En fin, todo requiere de un apoyo gestual agotador, que por supuesto en el propio idioma sería redundante. Imaginemos explicar la incompletud semántica de la expresión la tenés adentro. Por eso es conveniente -al menos al principio- moverse en el terreno de lo básico, porque los razonamientos complejos impiden ganar en otros campos (“Ay, no te entiendo… ¿por qué no cogemos y listo?”).
Sin embargo existe tal vez la posibilidad de que toda esa enorme inversión comunicacional pueda compensarse de algún modo extraño. Me refiero concretamente al estado de fascinación permanente por lo exótico, a la avidez por descifrar al otro, al deseo de condensar su musicalidad, y definitivamente, a la experiencia del vértigo de lo desconocido y de lo impredecible (impredecible porque no sabés con qué gansada te van a salir).
En las antípodas de ese mundo colorido, dramático y feliz de migración y amor estamos los cobardes y los vagos, los que no migramos. Nos copa la épica siempre y cuando sea ajena. Somos los que nos fascinamos escuchando esas historias de amor y locura, pero bastante si anteponemos un cero para hacer llamadas interurbanas. Fantaseamos con la vida intensa del migrante, pero después nos quedamos en la comodidad del localismo lingüístico, el terreno del pegame un tubazo, chupala, curtite (en general en ese orden), porque sin ninguna duda hemos fracasado en comunicaciones amorosas más complejas.
Pero acá lo importante es el amor. Porque entre tanto palabrerío lo que quería decir es que siento admiración y fascinación por mis amigos los que se instalan en el extranjero por amor, los que se soportan y que incluso se aman con locura aun con todas esas barreras en el medio. A ellos les quiero decir que los extraño un montón, sí, pero sepan también que me encanta cuando me traen bebidas importadas de regalo.
Quiero extender un abrazo fraterno al compañero Megaupload, caído en combate en la guerra por el nuevo orden digital. Mis mejores recuerdos para él.
Me apena enormemente porque Megaupload se lleva una parte de mí. La única vez que subí un video a la web fue a través de Megavideo, ahí cuando el vigilante YouTube me cerraba sus puertas. Fue la primera traducción y subtitulado que hice (restan otras que ya vendrán), una pavada, sin embargo un post de este cuaderno queda a partir de ahora incompleto.
Por citar otro highlight, fue a través de Megaporn que pude ver el video del pancho que suelta el fluido en aquel viñedo.
A su vez recuerdo que la única vez que pagué por descarga premium fue a Megaupload y la experiencia fue maravillosa. Los megas volaban hacia mí mientras me arrellanaba en el sillón para disfrutar de algún capítulo estreno.
Migremos entonces.
Actualización: el post mentado fue subsanado. Estamos todos bien.
Traduzco un capítulo de lo que sospecho será un libro muy divertido: Is everyone hanging out without me? (and other concerns) de Mindy Kaling, actriz, guionista y productora de The Office (versión Estados Unidos).
Mindy Kaling
Si bien el libro será lanzado en noviembre próximo, ya anda dando vueltas un adelanto con las primeras veinticuatro páginas.
Se trata de un compendio de reflexiones, anécdotas y preocupaciones completamente autorreferenciales y caprichosas. Lectura y escritura de minitas sobre cuestiones en apariencia sin importancia pero con un alto componente dramático. Así somos.
Comparto un capítulo muy corto que -aclaro- elijo traducir con fines puramente lúdicos, no solo porque Mindy me cae muy bien y me hizo reír mucho, sino también porque habla de los cupcakes, porque los odio y porque odio aun más profundamente el concepto que encierran, fenómeno que -habrán notado- sobrepasa por lejos al alimento en sí.
El día que dejé de comer cupcakes Por Mindy Kaling
Muy recientemente estuve out on script [1] en The Office [2] por una semana. “Out on script” refiere a cuando los guionistas son enviados a sus casas a escribir un primer borrador de un episodio de la serie.
Es un momento increíble, básicamente porque te pagan y tenés autorización para hacerte la rata. Significa que en lugar de bañarme, vestirme e ir al trabajo todos los días, me permite vagar por mi casa con una remera gigante y sin pantalones, ir a hacer compras y asistir a clases de cardio [3] con mis amigos, copados y desempleados. Obviamente es el mejor momento de todos.
Aquella vez, estando out on script, me detuve en mi lugar favorito de cupcakes, al que llamaré Sunshine Cupcakes. (“Sunshine Cupcakes” -además de ser un nombre ridículo- es una sutil parodia a los nombres de los negocios de cupcakes. No te das una idea… en Los Ángeles, los negocios de cupcakes son tan invasivos como los Starbucks. Son el producto de una ciudad con exceso de esposas-trofeo [4], básicamente porque las esposas-trofeo son el motor financiero del comercio cursi [5] que diferencia a Los Ángeles de las demás ciudades estadounidenses: joyas para los dedos del pie, cubre-picaportes artesanales, comida vegetariana para perros… se entiende ¿no? Si sueno malvada debería contarte lo envidiosa y admiradora que soy de estas esposas-trofeo. Me casaría con un socio de la William Morris Endeavor [6] y abriría una sala de pedicuría para gatos yo misma si tuviera esa suerte.)
Así que sí, en mi cuarta visita consecutiva a Sunshine Cupcakes me encontraba pagando mi cupcake cuando la encargada (delantal de cupcake, anteojos estilo Far Side [7], mechón de pelo rosa, en fin, el uniforme femenino, juguetón y universal de pastelería) se me acercó.
FAR SIDE: Viniste un montón esta semana.
YO (LA BOCA LLENA DE UNA GENEROSA MUESTRA): Seh, me encanta este lugar.
FAR SIDE: Sabemos que estás en Twitter [8]. (Inclinándose conspirativamente) Y, si te interesa tuitear sobre nuestro encantador Sunshine Cupcakes, este cupcake (señalando al que estaba comprando) es gratis.
No sabía que era posible ser triplemente ofendida. En primer lugar, Encargada, si ves que una mina de treinta y un años viene a tu negocio de cupcakes todos los días de la semana, guardate esa información. No necesito que me recuerden lo pobres que son mis opciones alimentarias. En segundo lugar, ¿cuán rastrera y/o pobre creés que soy? ¡Un cupcake cuesta dos mangos! ¿Acaso creés que soy lo suficientemente miserable como para pensar “Ay diosito, me puedo ahorrar estos dos mangos para alguna chuchería más tarde”? Y en tercer lugar, aun cuando fuera a comprar bajo esta extraña situación de soborno en la que voy a promocionar tu producto, ¿vos pensás que el costo de eso será un mísero cupcake? Las implicancias de este ofrecimiento fueron mucho peores que cualquier cosa que ella hubiera intentado proponer, obviamente, sin embargo mi odio hacia ella es para siempre.
Por esto mismo ya no como cupcakes. Las connotaciones son muy perturbadoras para mí.
N. de la T. (es decir notas mías):
[1] No hay modo de traducir out on script, pero la explicación que da Mindy es sumamente gráfica. Se supone que lo contrario a estar “out on script” es escribir junto al equipo de guionistas en una sala de la productora (si bien esta situación en general no se da entre los guionistas locales). [2] The Office es una serie creada por Ricky Gervais en el Reino Unido, de la que luego surge la remake de Estados Unidos, protagonizada entre otros por Steve Carrell. Mi preferida es esta última. [3] Las clases de cardio (en el original cardio classes) pueden interpretarse como actividades tan amplias como aeróbica, pilates, yoga o spinning. [4] Las esposas-trofeo (en el original trophy wives) son minones infernales (mal llamados gatos) que se casan/juntan con señores maduros (mal llamados viejos) con mucha plata. Entre las referentes locales puede citarse a Victoria Vanucci (Matías Garfunkel) y Pamela David (Daniel Vila). Los hay también inversamente: el emblemático Ashton Kutcher (Demi Moore) habría inspirado a Alfonso Díez, recientemente casado con la Duquesa de Alba. [5] Por comercio cursi (en el original cutesy commerce) me refiero al mercado de pelotudeces tales como los cactus tejidos al crochet, los productos orgánicos, los accesorios glam para mascotas o incluso el spa de manos. [6] William Morris Endeavor es una mega-agencia planetaria que representa artistas y marcas número uno. Sus directivos (así como sus representados) siempre fueron, son y serán millonarios. No hay forma de definir a WME en pocas palabras, pero de momento podemos sintetizarlo como El Mal. [7] Aparentemente los anteojos estilo Far Side (en el original Far Side glasses) son los de marco gatuno, tipo décadas del ‘50/’60. Far Side es un cómic creado por Gary Larson en 1980, cuyos personajes usaban este tipo de anteojos. [8] La cuenta oficial de Mindy Kaling tiene actualmente más de un millón quinientos mil seguidores.
No sé si habrán tenido oportunidad de pasear por Villa Crespo, uno de los barrios linderos con Almagro, mi barrio. Era lógico que esto iba a pasar algún día, porque el avance de la ridiculez no tiene límites y parece que ya no entra en los alrededores de la plaza de Armenia y Costa Rica.
Lo cierto es que en Villa Crespo, Chacarita o Villa Ortúzar están quedando pocos restaurantes. Ahora son “tiendas de alimentos”. No sé ustedes, pero yo quiero vivir en un mundo donde se pueda comer en lugares que se llamen “Qué manjar”, “El churrasco veloz” o cuanto mucho “Comete ésta (delicatessen)”.
Así es que nace un grupúsculo de emprendimientos culinarios con nombres tilingos (así como el que cita Mindy) tales como “Almacén de nutrientes”, “Abrazón”, “Bálsamo” y demás fantochadas.
Hordas de cupcakes avanzan sobre la ciudad de Buenos Aires
Ejemplo de ello es el negocio de los cupcakes en Buenos Aires, reciente y particularmente interesante. No importa si estás en Villa Crespo, Recoleta o Boedo; lo que verdaderamente importa es que una vez que hayas cruzado el umbral del local de repente te sientas en New York City. En esa simple premisa está puesto todo el peso estético de la propuesta. Allí dentro de esa república separatista donde predomina el blanco impoluto, serás atendida por una señorita de modales refinados. Ella será la encargada de orientarte cuando tengas que decidirte entre el cupcake de Nutella o el de lima. Los hay también de maracujá, de chocolate-peanut-cream (sic), de banana split o incluso de chocotorta, porque la onda es customizar. Son tantas las opciones que la decisión se vuelve insufrible. Dame cualquiera, terminás ladrándole a la chiquilina porque no soportás más la atmósfera pasivo-agresiva del local, no por nada llamado “Tortitas con amor” o algo por el estilo.
Abismalmente diferente a la muy digna madalena inyectada con dulce de leche que podés encontrar en el chino de tu cuadra, el cupcake consiste en un mini-budín cubierto con una crema a la que llaman frost y que va decorada con ornamentos que solo podría manipular con precisión un niño esclavizado en una factoría de Malasia.
El momento de comer el cupcake debe reservarse para la intimidad. No estamos en el West Village como para andar comiendo un bizcochuelo así como así. Estoy en Villa Crespo. Me vine a comprar unas chinelas la puta que te parió. Por eso es importante conservar las formas y luego, en la soledad del hogar atacar el cupcake con violencia, con conciencia de que el tarascón debe ser directamente proporcional a la violencia contenida por tantos años de ingesta de productos Ser. Así se come un cupcake, con violencia y sobre todo con mucha, muchísima culpa. Culpa por los desnutridos, culpa por las aproximadamente dos mil calorías que te acabás de echar encima y culpa por haber engrosado el bolsillo del farsante que monta un local de cupcakes en tu barrio lindero.
Por eso yo también dejé de comer cupcakes. La verdad es que me cagan la vida.
Pearl Jam Twenty, la película de Cameron Crowe sobre los veinte años de carrera de Pearl Jam es un documental para chicas: pelilargos revoleando las cabezas como poseídos, torsos sudados y riffs que hipnotizan. Incluso cuando el rockero se vuelve un toque maraca -ya sea por el look de la época o por la circunstancia en la que se encuentra- logra enternecer, porque ahí se humaniza al macho del rock.
Pearl Jam Twenty (Cameron Crowe, 2011)
-Vamo nene -gritó alguien cuando se apagaron las luces de la sala, arenga que nunca sé si se dirige al sujeto endiosado o a la masa fan.
-Ay… cómo le doy -dijo una chica ni bien apareció Eddie Vedder en primer plano. No es menor el comentario, ya que ella se animó a decir en voz alta lo que todas las minitas sentíamos mientras estábamos concentradas en ese derroche de gallardía que emanaba la pantalla. La chica había ido con su novio, sin embargo él se agachaba para sacar pochoclos de su mochila, nunca sabremos si por ansiedad o por vergüenza.
-Qué bueno que vine con ustedes, porque con mi novia no iba a poder llorar -le confesó un treintañero a sus amigos, mientras sacaba un pañuelo para estrujarlo.
Soy fan de Pearl Jam, y también de Cameron Crowe, que a su vez es fan de Pearl Jam. El tipo ha hecho películas muy buenas, y otras no tan buenas que suponemos que habrán pagado sus cuentas. Una de mis favoritas es Say anything, aquella en la que John Cusack en vez de cantar una serenata saca una casetera y le pasa In your eyes de Peter Gabriel a Ione Skye. Esa escena es la génesis del sex appeal de John Cusack, que ya vemos que a partir de ahí nunca se detuvo.
Toda la obra de Crowe está fundamentalmente marcada por la música, y en lo que a mí respecta, por música que me gusta. Años más tarde Cameron Crowe hizo Singles, centrada en la escena musical de Seattle. En la misma línea ubico a Almost famous, una suerte de autobiografía que recuerda sus años de periodista en la Rolling Stone de los setenta.
Y a eso iba. Crowe se hizo guionista y director de cine pero nunca dejó de escribir sobre música. Aun conservo el número de aquella Rolling Stone cuya nota central es Pearl Jam por Cameron Crowe. Recuerdo que la compré en un local de la calle Florida que vendía revistas importadas, cuando ninguno de nosotros imaginaba que alguna vez podríamos hacer lo que hacemos ahora con la información.
PJ20 es un documental clásico, con entrevistas y un trabajo de archivo muy minucioso. Allí aparecen fragmentos que sólo había visto en VHS comprados en el Parque Rivadavia, mal grabados, con calidad chota, copia de copia. En ese tiempo yo era feliz con esos pocos fragmentos de información que luego compaginaba en mi cabecita de adolescente.
Lo que quiero decir es que antes era todo muy diferente. Hablo de mí y de mi generación. Hoy una estrella de pop o de rock pareciera tener un frente comunicacional sólido y millones y millones de bytes invertidos en mantener una imagen que se debe actualizar permanentemente. No digo que es ni mejor ni peor, sólo digo que antes era diferente.
En la galería Bond Street también se conseguían perlitas. En un catálogo vi que tenían un recital de Pearl Jam no sé en dónde y lo encargué. Las cosas se encargaban porque eran truchas, más truchas que ahora. A diferencia del pirata actual, que se hace llamar Demonmaster (o algo así) y te atiende por Mediafire, el pirata de antes tenía cara. En general era un pelilargo con cara de malo que te atendía detrás de un mostrador. Si le comprabas te trataba bien. Al pirata le dejabas una seña y a la semana volvías y retirabas tu copia, que venía sin gráfica ni nada. A la semana fui a buscar mi copia y me volví contentísima a mi casa en el 152, el bondi que auspició toda mi adolescencia. Llegué con el VHS aun calentito y puse play, pero en ningún momento apareció Pearl Jam, sino un recital de Dream Theater, que eran pelilargos también, pero sumamente virtuosos. Metal progresivo para ser más exacta. Yo no quería ver el ninuninuniuuuuu de sus guitarras metaleras, yo sólo quería ver a mis ídolos cubiertos de un sudor brillante y salado. Un día después volví al local del pirata y me cambiaron el video sin ningún inconveniente. Digamos que las cosas que hoy se consiguen con un clic en ese momento sucedían así, yendo y viniendo.
Rock
Los veinte años no pasaron sólo para ellos. Ellos hicieron lo que pudieron y nosotros también. Primero nos copamos, cantamos, nos pintamos el pelo de colores, nos enamoramos, nos vestimos mal, luego bien, cobramos un primer sueldo, nos peleamos, estudiamos, abandonamos, nos drogamos, viajamos, nos metimos en una rave, nos aburrimos, fuimos pobres, nos hicimos oficinistas, algunos tuvieron hijos, se casaron, se divorciaron… quiero decir que en el medio pasaron muchas cosas.
Hacía mucho que no escuchaba canciones de Pearl Jam. En todo este tiempo ni siquiera había hecho el esfuerzo de bajarme los discos al MP3. Ya ven que el límite del fan es su propia pereza. Sin embargo PJ20 emociona, no sólo porque repone todas esas grandes canciones postergadas, sino porque también te obliga a recordar la adolescente que fuiste, y lo que es mejor: descubrir que una sigue ahí.
Cuando la peli terminó quedamos todos re-manija. En un mes y medio nos vamos a encontrar de nuevo en La Plata, y todos soñamos con que se repita eso que pasó en el 2005, el hito.
Eddie Vedder dixit, estadio Ferrocarril Oeste, noviembre de 2005
Es nostalgia, sí. Son pedacitos de sensaciones olvidadas que resurgen entre las cosas que guardamos en un placard, donde archivamos los casetes y los VHS que ya no vamos a reproducir, pero que no tiramos por cariño o por paja, no importa.
Por todo eso me acordé de mi adolescencia, concretamente de los chicos que me gustaban en esa época. Eran todos pelilargos y rockeros. Sabían de rock. Tocaban riffs en guitarras prestadas, y cuando no las tenían tocaban air guitar en soledad o para un público selecto, nada de payasadas.
-Ya no hay chabones como esos -me dijo mi amiga Sol cuando le conté de qué iba el documental.
—No voy a defender lo indefendible —me dijo mi amigo hablando de su amigo.
Ojo, Marilyn también lo sufrió
Lejos de promover en mí sentimientos de piedad o compasión, la declaración de mi amigo (además de hacerme reír mucho) me hizo pensar en aquellas cosas que verdaderamente no tienen defensa alguna, aquellas faltas que merecen ser juzgadas con todo el peso de la ley, nuestra ley.
Ahora bien, ¿qué es Lo indefendible? ¿Es un mensaje críptico? ¿Es una carta de presentación? ¿Es acaso una forma de vida?
Estupidez, ignorancia o picardía, Lo indefendible es aquello que trasciende nuestra capacidad de comprensión, aquello que no puede explicarse a través de razonamientos lógicos. Si hasta haría falta una nueva epistemología capaz de estudiar la lógica propia de Lo indefendible para poner en palabras aquello que lo constituye. De ahí que no exista una figura capaz de salir en defensa de quien lo comete.
Casi como el intento vano de explicación en el que me hundo en este momento, el análisis de Lo indefendible se vuelve inútil. Cuestionar Lo indefendible no es ni más ni menos que una pérdida de tiempo, por tal motivo es un orgullo y un deber de este cuaderno darle cobijo al asunto.
Bienvenidos entonces al universo de Lo indefendible:
Caso testigo Nº 3 En la primera cita te lleva a tomar algo a una estación de servicio… un viernes a las nueve de la noche.
Caso testigo Nº 2 No responde tu sms, responde con diez horas de demora o bien responde tu sms un día después y en un momento escribe: “No tenía crédito”.
Caso testigo Nº 1 Se mete los dedos en la nariz en lugares públicos, a la vista de todos, probablemente antes de verte y tomarte de la mano o incluso cuando salís de escena un momento para ir al baño (y andá a saber qué hace después con eso).
Les pido que eviten rasgarse las vestiduras (nunca entendí esta expresión), ya saben que acá no estamos para hablar de hombres que fajan, violan o queman a sus mujeres. Si hasta las ficciones de Telefé hablan de eso, el prime time políticamente correcto que enseña valores y entretiene. (Desde aquí un sincero reconocimiento a aquellas tiras que permiten que este blog pueda expedirse sobre Lo (verdaderamente) indefendible.)
Lo indefendible adquiere formas misteriosas. Fuentes cercanas a esta redacción arrojaron a su vez más casos que requieren como mínimo su denuncia:
“No usa ropa interior” María Pía, 35 años
“Cancela cita por encuentro improvisado de PlayStation” Patsy, 28 años
“Pide plata para volverse a la casa” Pamela, 30 años
“Se monda los dientes” Judith, 44 años
“Habla todo el tiempo de sí mismo” Stella Maris, 27 años
“Sigiloso, se escurre de la habitación y usa el baño en medio de la madrugada” Noralí, 32 años (esta última fuente no quiso precisar detalles acerca del uso concreto que se le dio al baño)
Remo, deporte favorito de las fuentes consultadas
Un breve análisis de esta serie de escenas indicaría que quien comete Lo indefendible “no se sabe manejar” (sic). Como ya se dijo, resulta interesante la detección del fenómeno a fin de echar luz sobre el asunto, pero su análisis es un match perdido desde el minuto cero. ¿Ganamos algo? No, perdemos todo, a veces la paciencia, otras veces la dignidad.
Solo hasta que se demuestre lo contrario -y esto no es aplicable en todos los casos- puede inferirse que Lo indefendible puede entenderse como salida práctica, como un “Todo muy lindo, pero no gusto de vos” encriptado. Sin embargo ese simplismo, esa contundencia básica, esa linealidad no satisface, ya ven. La salida puede ser práctica, pero tal como puede apreciarse, carece de elegancia, que es lo que aquí verdaderamente importa. Aunque se reconstruya la escena con intenciones de comprender cuál fue el error, y por más que luego se intente borrar del rígido todo píxel invertido en reconstrucciones, no hay caso, la realidad es eso que percibimos y no otra cosa. Y entonces una vez detectado Lo indefendible, una vez que se agotan las hipótesis, las deducciones, las presunciones, aparecen las falsas verdades condescendientes, eso que de una vez por todas debería dejar de decirse: “no te merece”, “vos estás para más” y el inefable “sos mucha mina para él” (sic).
Yo sigo pensando que el dedo en la nariz es el infinito punto rojo de Lo indefendible, básicamente porque no hay cómo ponerlo en palabras. Una no se imagina enviando un sms que diga “No me llames más. Te metés los dedos en la nariz”.
No obstante hubo quien se cargó la tarea de ponerlo en discusión, y como si fuera poco, lo puso en pantalla. Si las ficciones de Telefé educan en valores y entretienen, entonces es hora de erigir a Seinfeld como Universidad de la Existencia misma:
The pick, ese capítulo absolutamente genial, sigue así (traduzco yo):
JERRY: Hace cuatro días que no me responde un solo llamado.
GEORGE: ¿Te rascaste o te metiste los dedos en la nariz?
JERRY: Me rasqué.
GEORGE: Ey… soy yo.
JERRY: ¿Te parece que no conozco la diferencia entre rascarme y meterme los dedos en la nariz?
[Suena el portero eléctrico]
JERRY: ¿Si?
ELAINE [fuera de plano]: Soy yo.
JERRY: Subí.
GEORGE: ¿Hubo algún tipo de penetración nasal?
JERRY: Puede haber habido alguna penetración accidental. Pero desde su ángulo ella no estaba en posición de ver la falta.
GEORGE: Entonces digamos que en su mente ella fue testigo de cómo te metías los dedos en la nariz. Ok, ¿y qué?
JERRY: ¿Es eso tan imperdonable? ¿Es algo así como violar un mandamiento? ¿Alguna vez Dios le dijo a Moisés: no te meterás los dedos en la nariz?
GEORGE: Te garantizo que Moisés lo hacía. Imaginate vagando por el desierto por cuarenta años con todo ese aire seco… no me digas que no vas a tener ocasión de limpiar un poco la casa.
JERRY: Te hago una pregunta entonces. Si salieras con alguien y ella hiciera eso, ¿qué harías? ¿Seguirías saliendo con ella?
GEORGE: No. ¡Es un asco!
Amén. The pick (S04E13) es un manual de consulta obligatorio.
Siguiendo las sagradas escrituras de Seinfeld, yo me pregunto, ¿hay retorno de Lo indefendible?
En un acto de impericia total y por hacerme la canchera intentando modificar algunas cosas de estructura, se borraron los comentarios de los amigos y enemigos de este blog.
Digo “se borraron” pero desde ya me resposabilizo por tamaño desastre. Sepan que estoy intentando recuperarlos a través de Disqus, el patrocinador de los comentarios, pero esto puede llegar a demorarse. En el peor de los casos volveremos a foja cero, aquí no ha pasado nada, el show debe continuar y todo eso.
Es una lástima porque había comentarios muy lindos, otros muy divertidos y otros un poco retorcidos y difíciles de categorizar. Todos ellos están en mi pensamiento. Lamento muchísimo este inconveniente.
En unos instantes continuaremos con nuestra programación habitual.
Actualización: definitivamente no hay forma de recuperar los comentarios. Quedaron todos en mi cuenta de Disqus pero no se pueden republicar. Una pena. Que no decaiga, vieja.
Llorar, reír, gritar, dormir, entre otras tantas. Yo por ejemplo recuerdo haberme dormido en Batman returns. Años más tarde me volví a dormir viendo Corpse bride, pero no en el cine sino en un sillón. Con valentía confieso que, salvo excepciones, la obra de Tim Burton me duerme.
¿Alguien conoce algún lugar más seguro que la sala de cine? Dirán “mi casa”, sin embargo a mí me apagan la luz de la sala y ya está, automáticamente me siento a salvo de todo. Eso no quita que en ese lugar mágico y (no siempre) confortable puedan pasar cosas terribles.
En general lo que nos lleva a ver una determinada película tiene que ver con intereses particulares en algunos casos, y en otros la elección depende puramente del azar. Al seleccionar una película corremos la suerte de acertar o fallar en nuestra elección de acuerdo a nuestras expectativas, y lo mismo ocurre cuando nos jugamos por tal o cual butaca: apostamos a que no se nos sentará adelante un señor muy alto o una señora con un rodete muy arriba (en mi caso eso puede ser el fin del mundo). Pero hay que decir también que otro tanto depende del ánimo con el que asistimos a la sala.
No obstante, es también cierto que de tan acostumbrados que estamos a ver cine en casa, muchos nos volvimos (en el espacio compartido que es la sala de cine) un poco fastidiosos, mientras que otros continuaron molestando. Está claro que lo de los pochoclos es una batalla perdida, ahora, la de los nachos con queso fundido… esa todavía la podemos ganar.
La sala es un micromundo, una reproducción a escala del mundo que habitamos, y allí convivimos diferentes sujetos. En ese universo, son de destacar las bolseras (mujeres casi siempre) que de tanto en tanto se ganan el ya clásico “la bolsita por favor” en un tono seco y neutro, casi voz del estadio, porque en general son hombres los que ponen en su lugar a las bolseras. La bolsera es porfiada, y una vez que es descubierta o identificada, no desiste en su tarea sino que la suspende por unos instantes para luego reanudar su actividad, básicamente porque está convencida de que en algún momento llegará al ansiado fondo de la bolsa, un fondo muchas veces inaccesible, hablamos tal vez de la bolsa con mayor capacidad en la historia de las bolsas de nylon. Allí finalmente encontrará lo que busca, ya sean papas fritas, caramelos, medicación o anteojos. Caso extraño el de la bolsera, sin embargo mi archienemigo favorito en la sala es el exégeta de las escenas sin diálogos: “Claro, ella lo mató”, explica a su acompañante o, a falta de uno, a su amigo imaginario. ¿Soy yo que me disperso con facilidad o son ellos que son muy molestos?
No sé ustedes, pero yo trato de evitar ir al cine para una primera o segunda cita. Eso no va. No logro disfrutar de la película, porque la tensión propia de las primeras citas potencia mi dispersión natural, entonces pierdo información porque no me relajo y después no me acuerdo de la película, y no me gusta que pase eso. En el durante estoy pendiente de si mi compañero ocasional se toca la nariz, echa mano o si controla la hora en su celular.
Esto me recuerda a cuando en mi pre-adolescencia, mi madre insistía en que tuviera cuidado en los cines que frecuentaba (en esa época mucho Lavalle), porque decía que había “valijeros”. “¿Valijeros?” pregunté con aparente indiferencia y con el interés de quien sospecha algo picante, y sólo obtuve silencio de su parte, y eso dio origen en mi mente a la figura del monstruo cinéfilo perversillo, ese que se enciende cuando se apaga la luz de la sala, ese al que le viene bien Last action hero al igual que El lado oscuro del corazón a fin de lograr su cometido.
La verdad es que nunca vi un valijero en acción.
El valijismo: ¿una práctica que se perdió con las cadenas de cines?
En un análisis apresurado, llorar y reír (con matices) es lo que más se da en las salas de cines. La gente paga una entrada por el entretenimiento (con o sin arte) y por el plus de la experiencia del sufrimiento, la conmoción o la alegría.
No soy de ir al cine a ver películas de terror, no porque no me gusten, sino porque después no puedo dormir. Ya conté alguna vez lo que me pasa con el cine de terror. Las imágenes persisten durante días, incluso semanas y durante ese tiempo vivo atormentada por el flash de unos ojos desorbitados o unas siluetas macabras. Así no se puede vivir.
Lo que no me había pasado hasta ahora era eso de gritar en la sala.
Semanas atrás fui a ver La haine, esa gran película rodada en blanco y negro que cuenta un día en la vida de unos pibes marginales de las afueras de París. Lo cierto es que en el clímax de la película no vi venir el peligro y grité horrorizada, no pude controlarlo, se me escapó, grité como quien asiste a una proyección por primera vez en la vida. Fue una experiencia más que cinematográfica: fue un desborde. En la sala éramos veinte más o menos, sin embargo todos permanecieron en silencio. A mí me dio tanta vergüenza que me escapé de la sala ni bien empezaron los créditos.
La Haine (Mathieu Kassovitz, 1995)
También por estos días vi Seguir siendo: Café Tacvba, un documental que registra la historia de este grupo tan copado. Canté las canciones, marqué los ritmos con los pies, reprimí las ganas de pararme y gritar como si la banda realmente estuviera por salir al escenario y también me quedé con ganas de aplaudir los finales perfectos de las canciones, porque la peli te lleva a hacer todo eso. El documental me dejó una sensación muy buena, además de que me permitió conocer más sobre la intimidad de la banda, cosa que toda wannabe de groupie agradece.
Seguir siendo: Café Tacvba (E. Contreras y J. M. Cravioto, 2010)
A su vez vi dos documentales más que me hicieron emocionar mucho, por distintas razones. Hablo de Amateur y de Separado! No voy a decir nada de estas películas, tan solo espero que quienes lean esto puedan ir a verlas. El concepto de “un canto a la vida” debería resignificarse con este tipo de obras. Con mis amigos nos reímos a carcajadas, y el resto de la sala también. Fueron experiencias muy lindas, y sobre todo necesarias. Es muy lindo sentir que la gente se ríe de verdad, no con ganas, con emoción, que es algo mucho más profundo y cuya sensación queda en el aire y hasta da ganas de concentrarla en cápsulas para tenerlas siempre a mano.
Amateur (Néstor Frenkel, 2011)
Separado! (Dylan Goch y Gruff Rhys, 2010)
Amateur y Separado! me conmovieron porque son puro cine, o mejor aun: constituyen eso que es cine: la experiencia.
Y por más que luego te compres la película y la tengas a disposición para verla en tu casa cuantas veces quieras, hay algo que no vas a poder volver a reproducir, y es esa sensación en el ambiente, la carcajada colectiva que deja una estela de sonido hasta que desaparece, y no porque los espectadores queramos, sino porque hay que seguir prestando atención a lo que sigue, y en ese mientras tanto nos secamos las lagrimitas de risa que se agolpan en los párpados, porque si no vemos fuera de foco. Y entonces termina la película y aplaudimos con fruición y salimos de la sala con unas sonrisas gigantes, y nos damos cuenta de que somos todos mucho más jóvenes que antes de entrar a la sala, somos todos más lindos y estamos sensibles, entonces queremos abrazarnos o tomarnos de las manos como si fuéramos evangelistas y también queremos abrazar a los personajes y al director y al guionista y al productor y a cada persona del equipo técnico, porque se merecen todo eso y mucho más por haberlo dejado todo y por hacernos tan pero tan felices.
Una de las vacaciones más lindas que recuerdo son las del verano del 85, cuando fuimos a San Bernardo todos juntos, con mis viejos y mis abuelos. Era febrero y al regreso yo iba a empezar primer grado.
Las vacaciones de la infancia están marcadas por algunos recuerdos perfectamente dibujados, y todo lo demás es nebulosa. Yo recuerdo sólo algunas cosas en acción, y todo lo demás son flashes, diapositivas, postales mentales que, incentivadas por algún registro fotográfico movilizan otros recuerdos.
Cronológicamente, la primera foto mental que tengo de esas vacaciones es la de la salida. Mi papá tenía un Ford Falcon rural y había acomodado los bolsos con precisión de relojero. Antes había discutido con mi mamá por la cantidad de cosas que llevábamos. El auto rebasaba de cosas y cuando ya estábamos todos encajados vimos cómo del departamento donde vivíamos salía un humo blanco impresionante. Ahí escuché por primera vez hablar del Gamexane, que es una pastilla que se tira para exterminar bichos de todo tipo. Así arrancaron las vacaciones de Sanber 85.
El viaje fue musicalizado por artistas en boga tales como Sandra Mihanovich, Alejandro Lerner y Miguel Mateos & ZAS, por citar algunos. También hubo algo de María Bethania y Joan Manuel Serrat. Recuerdo que esos cassettes no duraron sólo esa temporada, sino que sonaron varios veranos más, sin embargo aun hoy, cuando escucho algún tema de Lerner de esa época me viene el recuerdo de la ruta a San Bernardo.
Cuando llegamos el depto estaba buenísimo. Era muy cómodo, mis viejos tenían un cuarto, mi hermano y yo otro y mis abuelos dormían en un sofá cama que había en el living. La rutina diaria era más o menos así: mis abuelos se levantaban muy temprano, salían juntos a caminar y a la vuelta traían el diario y nos preparaban el desayuno a mi hermano y a mí, que consistía en té y galletitas Express con manteca. Después nos íbamos todos a la playa.
Con mi hermano nos habíamos hecho unos amigos, tres hermanos varones del mismo balneario. Las amistades de las vacaciones de la infancia son -como los romances de verano- de una intensidad que cuesta volver a experimentar después, y este fue otro caso. Yo jugaba con mi hermano y con los otros nenes a –justamente- cosas de nenes. Los padres tenían más o menos la edad de los míos y también se habían hecho amigos, o al menos un poco, tal vez porque mi mamá siempre fue de hablar mucho. Mi papá –un tipo parco- le había puesto un apodo al padre de los nenes: “Sierrita” le decía, porque el tipo tenía un Ford Sierra recién salido y aprovechaba cualquier conversación para meter el tema del coche nuevo. A pesar de que comprendía un poco el porqué del mote, yo ese verano quise que mi papá cambiara el coche por un Sierra.
Eran tiempos de videobares, de jeans nevados, de permanentes y de todo tipo de accesorios: pulseritas, pañuelos, vinchas, todo más o menos como se usa ahora pero diferente, como más genuino. En un paseo por la calle Chiozza mi abuela me compró un broche para el pelo con una flor rosa que todavía conservo.
Unos días después cayó al depto mi otra abuela, la mamá de mi papá. Yo recuerdo que fue de sorpresa y sospecho que a mi mamá no le debe haber gustado mucho, pero por las dudas nunca le pregunté. Como no había cama de más mi papá compró un colchón que con mi hermano estrenamos saltando como desaforados, hasta que él se golpeó la cabeza y se puso a llorar. El depto ya era un quilombo: mis abuelos, mi abuela Carmen, mi hermano y yo, la arena. Incluso un día a mis abuelos se les ocurrió cocinar durante horas almejas que habían juntado en la playa. Era todo un poco excesivo.
Por la ventana del cuarto de mis viejos se veía un samba, el juego que más me fascinó en la infancia por lo absurdo, violento y sobre todo canchero que podía llegar a ser. El samba era todo negro y tenía detalles en amarillo, como llamas bien encendidas, o al menos así lo recuerdo. Era mucho más chico que el del Italpark, pero desde arriba se veía igual de copado. Llegábamos de la playa y al rato ya empezaba a sonar el samba con todos los éxitos del verano. Así aprendí a reconocer un hit.
Yo pasaba mucho tiempo mirando por la ventana a los cancheros de los ochentas bailar en el samba. Me gustaba ver cómo se sacudían y cómo algunos –los más cancheros de todos- se mantenían en pie en el centro del círculo al ritmo de los hitazos. Con toda mi atención puesta en eso fascinante que pasaba ahí abajo, una noche me di vuelta para comentar algo y vi a mi papá en bolas secándose con una toalla amarillo patito. Esa es otra de las fotos mentales de Sanber 85. Me dio mucha vergüenza y en ese momento creí haber visto algo terrible, algo para lo que no estaba preparada aun, pero me hice la gila y creo que él también. Esa fue la única vez que vi a mi papá en bolas, y la primera vez que vi a un hombre desnudo (bueno, aparte de mi hermano, que no cuenta).
Una noche fuimos a dar un paseo y ya era un poco tarde. Pasábamos por una calle repleta de pibes y pibas: los cancheros de los ochentas todos reunidos en una sola cuadra, los mismos que bailaban en el samba, los que usaban jeans nevados. Yo me distraje un momento y creo que mareada por la muchedumbre de pibes y pibas que parecían realmente grandes, busqué la mano de mi papá y atiné a agarrar la primera que encontré, que no era la de él sino la de un chino, bah, un oriental que estaba ahí, canchereando también. La situación duró un instante nada más, sin embargo yo la recuerdo en cámara lenta. Recuerdo la sensación de agarrar una mano, mirar desde abajo hacia arriba hasta hacer contacto visual con un desconocido que me mira con sorpresa. Ahí termina la sensación de cámara lenta. Yo me puse toda colorada y le solté la mano al instante. Él me parece que se incomodó, levantó las cejas con sorpresa y sus amigos se rieron de él o de la situación, lo que me dio más vergüenza todavía. Mi papá, que lo había visto todo desde afuera también se rió, y cuando logré identificarlo salté a sus brazos, avergonzada pero con muchísimo alivio.
Acá pueden haber pasado dos cosas: o me puse de muy mal humor –el malhumor infantil toma formas extrañas- o me quise ir a dormir en ese mismo instante para olvidarme de todo, cosa que nunca pasó. De esto pasaron como veinticinco años y aun hoy cuando suena Self control de Laura Branigan o Big in Japan de Alphaville me acuerdo del samba, de los cancheros de los ochenta, del chino y de mi papá en bolas. Todo eso es Sanber 85.